Separados de mí… nada podéis hacer. Evangelio de Juan, capítulo 15, verso 5.
¿Por qué este tema?
Porque muchos sirven, obedecen, e incluso enseñan… pero no permanecen.
Y sin permanecer en Cristo, todo lo demás se vuelve estéril. Jesús lo dijo sin vueltas:
“Separados de mí… nada podéis hacer.”
Evangelio de Juan, capítulo 15, verso 5.
Permanecer en Cristo no es quedarse quieto.
Es mantenerse unido a Él… aunque todo a tu alrededor se mueva.
Podes servir, hablar, obedecer, pero si no permanecés en Él, todo pierde vida.
El fruto no depende de tu esfuerzo, sino de tu unión con la vida verdadera.
Y esa vida… es Cristo.
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien has enviado.”
Evangelio de Juan, capítulo 17, verso 3.
Nada nace del discípulo desconectado. Todo nace del que permanece.
Permanecer… es no romper la comunión.
Es no desconectarse por nada.
Cuando permanecés, no vivís por esfuerzo…
vivís por unión.
El fruto no es una meta,
es una consecuencia.
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Servir sin ser visto
Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Evangelio de Mateo, capítulo 6, verso 4.
¿Por qué este tema?
Muchos creen que servir a Cristo es hacer algo visible, reconocido o útil según criterios humanos.
Pero el verdadero servicio no necesita ser visto por nadie más que el Padre.
Jesús enseñó que el Padre ve en lo secreto, y que la recompensa no viene del aplauso, sino de la obediencia silenciosa.
Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Evangelio de Mateo, capítulo 6, verso 4.
Servir a Cristo no es hacer cosas visibles. No es ser reconocido. No es ser aplaudido.
El verdadero discípulo sirve aunque nadie lo vea. Porque sabe que el Padre ve en lo secreto.
Y que la recompensa no está en la mirada de otros… sino en la fidelidad.
“Todo lo que hacéis, hacedlo de corazón,
como para el Señor y no para los hombres.”
Carta a los Colosenses, capítulo 3, verso 23.
Si lo que hacés necesita ser visto… quizás no sea servicio, sino orgullo.
Tal vez sea carne disfrazada de entrega.
El verdadero discípulo no busca plataformas… busca obediencia.
No sirve para que lo reconozcan, sino porque Cristo ya lo reconoció como suyo.
Eso le basta.
En el Reino de Dios, lo secreto tiene más peso que lo público.
Lo invisible ante los hombres es preciado ante el Padre.
Si nadie te aplaude…
¿seguís sirviendo?
Si nadie lo valora…
¿seguís fiel?
El corazón que sirve sin ser visto…
es el que Cristo puede usar en cualquier parte.
Porque no se roba la gloria.
Sabe a quién pertenece.
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Esperar en Su Voluntad
Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Salmo 40, verso 1
¿Por qué este tema?
Una de las áreas más difíciles para el discípulo es esperar sin moverse por ansiedad, necesidad o presión.
La carne quiere actuar. El alma quiere controlar.
Pero el Espíritu enseña a esperar hasta que Dios hable… y Dios guíe.
“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.”
Salmo 40, verso 1
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.”
Carta a los Romanos, capítulo 8, verso 14.
El discípulo no se mueve por impulso.
Ni por necesidad. Se mueve cuando el Espíritu guía.
Esperar en Su voluntad no es pasividad… es obediencia.
“La paz de Dios gobierne en vuestros corazones.”
Carta a los Colosenses, capítulo 3, verso 15.
Si el Padre no habló… no me muevo. No por miedo, sino por dependencia.
Esperar no es perder tiempo. Es caminar al ritmo de Cristo.
Porque quien espera en Su voluntad…
camina con Él,
no delante de Él.
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Renunciar a lo que parece bueno
“Todo me es lícito, mas no todo conviene; todo me es lícito, mas no todo edifica.” Primera carta a los Corintios, capítulo 10, verso 23.
¿Por qué este tema?
Muchos discípulos siguen luchando no con lo malo, sino con lo bueno que no viene de Dios.
No todo lo bueno es espiritual. No todo lo deseable es voluntad de Dios.
A veces, lo más difícil de soltar no es el pecado… sino lo “correcto” que yo quiero, pero Dios no me pidió.
“Todo me es lícito, mas no todo conviene; todo me es lícito, mas no todo edifica.”
Primera carta a los Corintios, capítulo 10, verso 23.
No todo lo que parece útil, justo o noble… viene del Espíritu.
Y el discípulo de Cristo no se guía por lo que parece, sino por lo que el Padre quiere.
“No se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Evangelio de Lucas, capítulo 2, verso 42.
Renunciar a lo malo cuesta. Pero renunciar a lo que “parece bueno”… demuestra gobierno real de Cristo.
El discípulo no vive por lógica… ni por conveniencia.
Vive por la voz del Espíritu, y obedece aunque no entienda.
Cuando Cristo gobierna, también se renuncia a lo que parece correcto, si no nace de Él.
Seguir a Cristo no es solo dejar lo malo.
Es rendirle también lo bueno,
cuando no nace de Él.
Ese… es el gobierno real de Cristo.
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Rendir los Pensamientos
“Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.” Segunda carta a los Corintios, capítulo 10, verso 5.
¿Por qué este tema?
Muchos creyentes viven batallas internas constantes.
Pero el problema no es solo “qué pienso”… sino quién gobierna lo que pienso.
El pensamiento no rendido abre puertas a la confusión, la duda, la culpa, el orgullo o el temor.
La Escritura nos llama a llevar todo pensamiento cautivo a Cristo.
“Llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.”
Segunda carta a los Corintios, capítulo 10, verso 5.
No todo lo que pensás… viene de Dios.
Y no todo lo que sentís… debe ser obedecido.
La mente carnal quiere gobernar.
Pero el discípulo de Cristo no le rinde culto a sus pensamientos.
Los examina. Los lleva cautivos. Los somete.
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne…
pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.”
Carta a los Romanos, capítulo 8, verso 5.
Rendir los pensamientos es una guerra diaria. No se gana con ideas nuevas… sino con gobierno de Cristo.
No es luchar para tener “pensamientos positivos”. Es dejar que Cristo hable más fuerte que tu mente.
“Renovaos en el espíritu de vuestra mente.” Carta a los Efesios, capítulo 4, verso 23.
El verdadero discípulo no vive guiado por lo que piensa…
Vive gobernado por Aquel que vive en él.
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